Las Aventuras de Superman

By George Lowther

Capitulo III

"El joven Clark Kent"


EL JOVEN CLARK KENT

EBEN KENT detuvo su caballo y apoyado sobre el desgastado mango del arado, miró la tierra que acababa de labrar, hasta el punto donde la colina se unía con el cielo. Había algo extraño en ese cielo. Conocía el tiempo tan bien como cualquier granjero nacido en el campo y hubiera dicho sin dudar que se estaba levantando una tormenta. Sin embargo, no estaba seguro del todo. Tenía la sensación de que había en el aire algo más que una simple tormenta. Había visto el mismo cielo grisáceo en otras ocasiones, sintiendo la misma pesadez en el aire, las masas de nubes levantándose por el oeste y entonces...

Eben reflexionó un momento, movió la cabeza desconcertado, cloqueó al caballo y se puso a terminar el trabajo antes de que cayera la noche.

Oyó truenos retumbando en la lejanía y pensó vagamente en que había algo peculiar en esos sonidos, algo distinto de otros truenos que hubiese oído antes, ya que éstos no disminuían sino que eran continuos y cada vez iban en aumento. Cloqueó de nuevo al caballo puesto que el animal se había parado al oír el primer estruendo y tenía las orejas pegadas a la cabeza.

Mientras Eben continuaba con su labrado, el sol apareció a través del pesado y grisáceo cielo. Por lo menos pensó que era el sol ya que hubo un repentino resplandor en el cielo, una luz que se hacía mayor mientras la miraba y enseguida, se dio cuenta de que no era el sol.

El arado se había torcido bajo sus fuertes manos al encabritase el caballo que relinchaba de miedo, desbocándose por el campo y arrastrando el arado tras él. Eben se quedó de pie asombrado por la singular conducta del animal, oyó un extraño zumbido en el aire y después, un lejano fragor que cambió a una serie de ensordecedoras explosiones. Un mareo se apoderó del viejo granjero cuando el zumbido penetró en sus oídos. Casi gritó para pedir ayuda, extendiendo sus manos, buscando seguridad para sí mismo.

Fue entonces, mientras se tambaleaba de miedo, cuando el creciente resplandor que había confundido con el sol, cayó en el terreno no muy lejos de donde él estaba. Temeroso y a ciegas, se lanzó al suelo ocultando su cara bajo la tierra labrada y agarrándola con sus dedos para sentirse seguro. Después, intentó arrastrarse débilmente con sus manos y rodillas y se desmayó.

El chisporroteo de las llamas fue el primer sonido que oyó al despertar. El calor era axfisiante, pero no lo suficiente para que no le permitiera ponerse de pie. Las ensordecedoras explosiones habían cesado y el extraño zumbido en el aire había desaparecido. Eben levantó la cabeza y miró a su alrededor. Como a unos cien metros de él, había un extraño objeto con forma de bala, envuelto casi completamente por las llamas. Dudando sólo un momento, Eben corrió hacia el objeto con la con vicción interna de que alguien podía estar dentro del llameante armazón plateado.

Mirando con curiosidad a través de las llamas, vio detrás del grueso cristal de la ventana de la puerta, a un niño acostado e indefenso. Eben había llegado tan cerca como el calor que desprendía la nave le permitía y se dio cuenta en el acto que, a menos que atravesara el muro de calor, el niño moriría.

La decisión fue rápida. Inhaló aire en profundidad y se dirigió hacia el cohete, penetrando en la cortina de calor. Cuando salió de nuevo de entre el humo y las llamas, sintió dolor en sus ojos ya que se había quemado severamente, pero en sus ennegrecidos brazos llevaba al niño.

Eben Kent y su esposa Sarah, nunca supieron de donde procedía el niño, nunca descubrieron el misterio que rodeaba su extraña aparición en la Tierra. Quizás el destino jugó su parte al dirigir la nave a la granja de los Kent, ya que no tenían hijos y lo que más deseaban en la vida era tener uno. Y aquí, como un regalo del Cielo, estaba el pequeño Kal-el. La vieja pareja lo llevó a su hogar y lo educaron como si fuera su propio hijo.

Le llamaron Clark, porque ese era el apellido de Sarah Kent. Las circunstancias que rodearon su peculiar llegada casi se olvidaron ya que año tras año, el niño creció hasta hacerse un chico fuerte y bien parecido que ayudaba a Eben en los quehaceres de la granja, escuchando historias en las rodillas de Sarah durante las largas tardes de invierno. No parecía diferente de otros muchachos de su edad. Asistió a la pequeña escuela del lugar, jugó, fue a pescar en las calurosas tardes de verano y trabajó y estudió como hacen todos los chicos.

No fue hasta su treceavo cumpleaños cuando ocurrió un incidente que lo diferenció del resto de seres humanos ordinarios y que le dio la primera visión de los poderes que poseía, mucho más allá de los que tenían sus compañeros.

Sucedió el último día de colegio. Los alumnos de octavo grado, la clase del joven Clark, esperaban con gran ilusión la llegada del Sr. Jellicoe, el director. Era costumbre del Sr. Jellicoe, otorgar personalmente los premios que los alumnos se habían ganado durante el curso, prpremios por sacar excelente en composición, matemáticas, literatura, etc.

La señorita Lang, profesora de Clark, había cogido los premios del cajón de su despacho y los había colocado encima de una pequeña mesa, para que los niños pudieran deleitarse mirándolos, mientras llegaba el Sr. Jellicoe. El corazón de los chicos latía deprisa, preguntándose cada uno, cuál de esos premios recibiría.

Por fin, llegó el Sr. Jellicoe, un hombre de baja estatura, calvo, pero muy vigoroso y bastante dado a reír. Había un gran entusiasmo cuando empezó a repartir los premios. Un libro para uno, una medalla para otro, una cinta azul o dorada para un tercero.

A Clark le fue otorgada una copia de las obras de Shakespeare. Había demostrado un notable talento en composición y tenía las notas más altas en Literatura Inglesa. Incluso había llegado a pensar en ganarse la vida como escritor, novelista quizás, o dramaturgo, o lo que era incluso más excitante, reportero.

Al regresar a su mesa, llevando el libro que el Sr. Jellicoe le acababa de dar, oyó a la señorita Lang que decía, "Qué raro, Sr. Jellicoe. Estoy segura de que estaba aquí".

"No la he visto", dijo el Sr. Jellicoe.

"Entonces debe estar aún en mi mesa", respondió la Sta. Lang. "La cogeré".

Abrió el cajón de su mesa y empezó a buscar algo. El Sr. Jellicoe continuó repartiendo los premios, mirando de tanto en tanto a la Sta. Lang.

Fue en este momento cuando ocurrió el extraño fenómeno.

Clark vio a la profesora hurgando en el cajón de su mesa y mientras hacía esto, se dio cuenta lentamente de que también estaba viendo el interior de la misma, que su vista había atravesado la madera y que el interior de la mesa estaba claro para él. Enganchada detrás del primer cajón, donde la Sta. Lang no la podía ver, había una cinta azul.

"¿Está Vd. buscando una cinta azul?" preguntó Clark.

La Sta. Lang levantó la mirada con sorpresa. "Sí, Clark", dijo.

"Es una cinta para los Excelentes", dijo el Sr. Jellicoe. "Es para Lucy Rusell, pero parece que no está por aquí. ¿Sabes dónde está Clark?".

"Pues sí", respondió Clark. "Está enganchada detrás del primer cajón del escritorio de la Sta. Lang. Si saca el cajón, podrá, podrá..." Se paró y empezó a titubear. Todas las miradas estaban fijas sobre él con creciente sorpresa. De pronto, se dio cuenta que lo que parecía ser algo natural y ordinario, era en realidad algo extraordinario.

La Sta. Lang no perdió el tiempo y sacó el primer cajón de su escritorio. Un momento después llevaba en las manos la cinta azul. Miró al Sr. Jellicoe, después a Clark y de nuevo al Sr. Jelllicoe.

El silencio que llenó la clase era mayor de lo que Clark podía aguantar y se alivió cuando la Sta. Lang dijo finalmente, "¿Cómo sabías que la cinta estaba en la parte de atrás del cajón, Clark?".

Clark intentó responder pero no le venían las palabras a la boca. Estaba tan sorprendido como cualquier otro de lo que le había sucedido. La verdad era que había visto a través de la mesa como si la madera fuera transparente. Estaba a punto de decirlo, cuando se dio cuenta de que no le creerían.

"Simplemente lo sabía", dijo por fin. "Tenía la sensación de que ese era el único lugar donde podía estar la cinta".

Hubo unos momentos de silencio en los que todos le miraron extrañados. El Sr. Jellicoe frunció el entrecejo y se aclaró la garganta.

"Muy extraño", dijo. "Muy Extraño".

El frío y poco amigable tono de voz del Sr. Jellicoe sólo podía significar una cosa. Clark miró a la Sta. Lang. Su boca estaba apretada formando una delgada línea. Incluso sus compañeros se echaron atrás separándose de él. Enseguida se dio cuenta de lo que estaban pensando, que había estado hurgando en el cajón de la Sta. Lang, que había hecho algo deshonesto, y no había forma de aclararlo.

Cuando llegó a casa, desconcertado y confuso, se encontró con una sorpresa que le estaba esperando. Saludando a Eben y Sarah al entrar, les enseñó el libro que había ganado.

Eben se levantó de su silla y puso un brazo alrededor del chico. "Hijo", dijo el viejo Eben, "has hecho un buen trabajo, un magnífico trabajo. Ese libro, ese libro de teatro... ¡vaya!, ¡cáscaras!, ¡chico, esta es una de las mejores cosas que nos han ocurrido a tu mamá y a mi! ¡Estamos orgullosos de ti!".

Clark les miró y se sintió aliviado. Amaba a esta pareja, les amaba más que a nada en el mundo.

El viejo Eben se aclaró la garganta.

"Tu mamá tiene, bueno, un regalo para ti, hijo. ¿Conoces la fiesta de disfraces que se hará esta noche en casa de Judge Marlow?...

"Sí", dijo Clark. "Pero decidimos que no podía ir".

"Claro que sí", gritó Eben, dándole una palmada en la espalda. "¡Se da en honor de todos los estudiantes que han ganado premios! ¡Tienes que ir!".

"¡Pero ya hemos discutido esto, papá!", dijo Clark. "Dijiste que no podíamos permitirnos el alquilar un traje en la ciudad..."

"Sí, hijo", dijo Sarah Kent. "No podemos permitirnos alquilar un traje, pero nada me impide que te haga uno. Ahora ¿irás?".

"Trae el vestido mamá y enséñaselo", dijo Eben.

Cuando Sarah Kent volvió con el traje y lo dejó en los brazos de Clark, éste sintió que nunca había visto algo tan excitante. Era un traje azul, justo a su medida, con un ancho cinturón de piel, botas hasta la rodilla y lo más emocionante, una capa escarlata. Apenas podía esperar para ir a su habitación y probárselo. En pocos momentos, se quitó la ropa que llevaba y se puso el traje. Vestido de azul con la capa escarlata sobre sus hombros, se puso delante del espejo y se miró a sí mismo. ¡Era un traje fantástico! ¡Y pensar que ya no tenía esperanzas de ir a la fiesta...!

De repente, dio un grito de alegría y saltó para darle efecto a la capa y que se extendiera.

El sobresalto que tuvo a continuación, fue más de lo que podía aguantar. Apenas había empezado a saltar, en su inocente entusiasmo por el traje, cuando sus pies tocaron de nuevo el suelo y estaba en el otro extremo de la habitación.

Se quedó quieto, mirándose fijamente con total asombro. No podía creer que en realidad había volado por la habitación y entonces... decidió probarlo otra vez. Dobló las rodillas y saltó hacia arriba, encontrándose flotando por la habitación.

Al principio se asustó y su corazón latía como un martinete. Lo mismo que su vista había atravesado la madera del escritorio de la Sta. Lang, ahora podía volar. ¿Cuál era la respuesta a esto? ¿Cómo podía hacer estas cosas, cuando sabía que los otros chicos no podían? ¿Era diferente de los demás muchachos? Nunca antes había pensado esto y no quería volver a pensarlo. Sintió que el ser diferente lo separaría de los demás y se vio a sí mismo como alguien solitario y extraño, rechazado por todos.

En los meses que siguieron, intentó olvidar los extraños poderes que había descubierto en sí mismo. Pero a medida que transcurría el tiempo, empezó a preguntarse si aún los tendría y la tentación llegó a ser demasiado grande. Algunas veces miraba a través de cualquier cosa que estuviera cerca de él. Otras, cuando estaba seguro de que nadie podía verle, saltaba con suavidad y volaba. Y al cabo del tiempo, cuando el miedo a estos extraños fenómenos desapareció, le empezó a gustar y encontró que era divertido practicarlo.

A medida que los meses se transformaron en años, también se desarrolló en él una fuerza sobrehumana, pero no era consciente de ella. Fue a los 17 años cuando se percató de su fuerza y de una forma inesperada.

La granja de los Kent nunca había sido próspera. El viejo Eben era un buen granjero y un gran trabajador, pero en todo lo que Clark podía recordar, la mala suerte siempre les había golpeado justo en el momento en que parecía que iban a tener éxito en algo. Muy cerca del día en que Clark cumpliría los 17 años, el viejo Eben se dio cuenta de que tenía muchas deudas y se lo dijo al muchacho la víspera de la Feria del Estado.

Estaban juntos, sentados en el campo. El sol había llegado a su ocaso e Eben terminó de dar el forraje al caballo y desengancharlo. Clark había terminado su faena de la casa y había ido a ayudarle.

"Parece que mañana será un buen día para la Feria", dijo Eben, mirando fijamente al horizonte, donde se veía al sol ponerse detrás de las colinas.

"Sí, papá", dijo Clark.

Eben parecía triste y pensativo y Clark sabía que había algo que le preocupaba. Pensó que ya hablaría de ello cuando llegara el momento y así lo hizo. Finalmente dijo, "Hijo, qué dirías si te contara que estoy pensando en apuntarme mañana en el Concurso de Yunques?".

Clark se enderezó y miró a Eben con sorpresa. No podía creer lo que el viejo le había dicho.

"¡Ya sé que suena tonto, muchacho", continuó Eben, "pero necesitamos dinero desesperadamente! Una vez gané ese concurso, fue hace muchos años cuando era joven. Quizás aún tenga una oportunidad... Si pudiera ganar el premio...

Pero ¿cómo podía tener esperanza de ganarlo? Sólo los hombres jóvenes y únicamente aquellos dotados de gran fuerza, podían pensar en participar en el Concurso del Yunque. Para competir, había que levantar del suelo un yunque con los brazos y el que mejor lo hiciera ganaría 500 dólares. El premio fue ganado el año anterior por un granjero, que por su enorme fuerza, era conocido localmente como "El toro". En segundo lugar, lo había conseguido Fred Hornleach, cuyos poderosos músculos le habían convertido en campeón de lucha del estado. Ambos eran hombres jóvenes y los dos participarían indudablemente en el concurso del Yunque de este año. Y aquí estaba Eben Kent, un hombre mayor, proponiéndose competir contra semejantes adversarios. La necesidad de dinero debía ser desesperada.

Y lo era, como Clark descubrió. Por primera vez, Eben descargó el peso de sus preocupaciones en el chico, contándole los esfuerzos sin éxito de los últimos años y la incapacidad para pasar con lo que uno tiene. Los dos se levantaron y caminaron hacia el establo y en su interior, Clark sintió crecer el deseo de ayudar a Eben Kent.

Cómo lo haría, sólo el tiempo lo podría decir.



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