Las Aventuras de Superman

By George Lowther

Capítulo 4

El Concurso


EL CONCURSO

EL DIA DE LA Feria del Estado amaneció claro y brillante, pero el corazón de Clark Kent estaba triste. Había dormido mal durante la noche, pues su activa mente había intentado en vano encontrar algún método, alguna forma de ayudar al envejecido granjero. No encontró ninguna y cuando amaneció, se sentó en la ventana mirando la bruma sobre los campos, preocupado por lo que podría traer el día. Después de un copioso desayuno, el viejo Eben y Clark se dirigieron a los terrenos de la Feria. Sarah Kent se quedó en casa. Las desgracias de los últimos años, habían sido más duras para ella que para su marido y parecía que había envejecido mucho más que él. Los días buenos se habían terminado para ella y ahora prefería quedarse sentada en casa.

La Feria presentaba un aspecto animado. Multitud de granjeros con sus esposas e hijos, se arremolinaban alrededor de las variadas exhibiciones y a medida que el calor aumentaba al levantarse el sol sobre el cielo, la escena aún se hacía más ajetreada. Había competidores de todas las clases, premios para las mejores vacas, los mejores puercos, los toros más robustos, los pollos más rechonchos. Había concursos de tiro de herradura, carreras de sacos, y toda clase de pruebas de habilidad y fuerza. La gente se atiborraba con perritos calientes, helados, encurtidos y cientos de otras chucherías. Por todas partes se oían risas, gritos de alegría, felicidad y el alboroto de la gente que había venido a la celebración.

De alguna manera, el joven Clark e Eben aguantaron con suspense la espera a lo largo del día, ya que el Concurso de Yunques no se realizaba hasta bien entrada la tarde. Al fin, a medida que las sombras se alargaban por los terrenos de la Feria, la multitud empezó a trasladarse hacia la plataforma donde se hallaba el pesado yunque.

La plataforma estaba adornada jovialmente con la bandera roja, blanca y azul. En la parte de atrás había un banco reservado para los tres jueces y al lado, otro banco para los concursantes. El yunque, recién pulido, permanecía en el centro a la vista de todos.

Los ojos de Clark vagaban sobre la multitud buscando lo que más temía, las caras de "El Toro" y de Fred Hornbach. A lo largo del día, había mantenido la esperanza de que no se presentarían, de que podría ocurrir algo que los mantuviera fuera del lugar. Cuando los vio no se decepcionó, pero sintió que sus esperanzas habían sido en vano.

El viejo Eben miró a su hijo. A Clark no le gustó lo que vio en la cara del granjero, ya que un vistazo fue suficiente para convencerle de que Eben se arrepentía de haber venido. El viejo se dio cuenta, quizás por primera vez, de tener tan pocas posibilidades de ganar. Era demasiado tarde para echarse atrás ahora, ya que su nombre figuraba en la lista de concursantes y uno de los jueces le hacía señas para que subiera a la plataforma.

"Bien, hijo", dijo, "¡deséame suerte!".

"¡Buena suerte, Papá!" dijo Clark, y al decirlo se sintió vacío por dentro. Si pudiera ayudarle, si solamente pudiera subir a la plataforma en lugar de Eben. ¡Pero eso sería inútil! Fred Hornbach y "El Toro" estaban ocupando sus lugares en el banco y no había duda del poder de sus músculos y la fuerza de sus anchas espaldas. Instintivamente, sintió los músculos de sus propios brazos. Eran fuertes pero apenas podía compararlos con los de los dos oponentes. Se le cayo el alma a los pies cuando el viejo Eben subió los escalones de la plataforma.

La multitud estalló en una carcajada general al ver a Eben. Al lado de los otros dos, tenía verdaderamente una fútil y patética figura. La multitud no podía saber el motivo que había traído al viejo granjero, no podía saber la extrema necesidad de dinero que le había incitado a probar suerte con tan pocas posibilidades. Sólo sabían que hacía el ridículo en comparación con los otros dos adversarios.

Clark vio las caras sonrientes y sintió una rabia ardiendo en su interior. Se oyeron silbidos y abucheos cuando llamaron al viejo y éste se puso al lado de Hornbach y de "El Toro".

Clark miró a Eben y vio su cara ruborizada.

"No hay más loco que un viejo loco", dijo una voz cercana a Clark. El propietario de la voz era un hombre de mediana edad, de pelo gris y una cara tan agria como el limón. Llevaba gafas sin montura y miraba de reojo a través de ellas como si tuviera dificultad de ver cualquier cosa, incluso con las gafas. Iba bien vestido y no se necesitaba más que una mirada para ver que era de ciudad.

Clark miró al hombre con rabia y éste le devolvió la mirada poco amistosa mirándole fijamente. Estaba a punto de decir algo, cuando uno de los jueces anunció que el concurso iba a comenzar.

El primer nombre que mencionó era el de alguien que había subido a la plataforma después que Eben. No era un hombre joven, pero se le notaba la fuerza que tenía. Caminó hacia el yunque y se paró sobre él durante un momento. Después, en medio de los gritos de ánimo de sus amigos, cogió el yunque entre sus brazos e intentó levantarlo. Estiró y forcejeó tanto como pudo, pero el yunque no se movió ni un ápice y al final tuvo que rendirse.

Fred Hornbach fue al siguiente que llamaron. Se puso de pie al lado del yunque, escupió sobre sus manos, se apretó el ancho cinturón de piel alrededor de la cintura y esperó a que la multitud se callara. Después, rodeó con sus brazos el yunque y lo levantó. Su cara se enrojeció con el esfuerzo que estaba haciendo y los músculos de sus brazos, cuello y hombros se hincharon. Un griterío de aprobación surgió de la multitud al levantarse el yunque del suelo. Hornbach lo sostuvo mientras los jueces medían rápidamente la distancia que lo había levantado. Un pie. El alivio de la cara de Hornbach se hizo evidente cuando dejó el yunque en el suelo.

Ahora le tocaba a "El Toro", un cuerpo enorme, con piernas robustas y una ancha y musculada espalda. Iba desnudo de cintura para arriba y a medida que se aproximaba hacia el yunque, la multitud, notando su ancho pecho, los poderosos músculos de su estómago y la fuerza de sus poderosos brazos, ovacionó a su cam peón.

Era el momento de "El Toro" y no permitió que pasara con rapidez. Apretó las manos sobre la cabeza, como hacen los boxeadores profesionales y se giró hacia los cuatro rincones de la plataforma agradeciendo los aplausos de sus admiradores. Miró fijamente a la multitud, viendo al joven Clark. Sus miradas se enfrentaron e instantáneamente el chico sintió que no le gustaba ese hombre. Había una presunción en la sonrisa de "El Toro" y una arrogancia en el riptus de su boca que enrojeció la cara de Clark con ira.

Después de dar a sus seguidores tiempo para admirarle, "El Toro" se dispuso a levantar el yunque. Separó las piernas con los pies fuertemente apretados al suelo, puso sus brazos alrededor del yunque y lo levantó del suelo. Pareció realizar la tarea sin esfuerzo, manteniendo el yunque sus buenos tres pies por encima del escenario. Esperó hasta que los jueces marcaran bien la distancia y luego, lentamente, bajó el yunque. Pavoneándose un poco, volvió a su asiento en medio de los ensordecedores aplausos.

A continuación fue llamado Eben Kent y de nuevo se oyó un murmullo de carcajadas. Mofas y gritos de burla llenaban el aire cuando Eben se dirigió hacia el yunque en el centro de la plataforma. "¡Ya no tienes ninguna oportunidad ahora, Toro!" dijo alguien, y la multitud se estremeció de regocijo.

Eben Kent no era un hombre que se detuviera por las muestras de hostilidad de otros. Se preparó, agarró el yunque y, juntando toda su fuerza, lo levantó. Poco a poco las risas decayeron y los silbidos cesaron, ya que Eben Kent había levantado el yunque del suelo y estaba ahora estirando hacia arriba para ganar el concurso. Un pie, dos pies. Clark, mirando la cara del viejo, vio como se enrojecía, destacándosele las venas del cuello como cuerdas de un látigo. Tenía ganas de gritar. "¡Bájalo, Papá! ¡Nunca lo conseguirás! ¡Te vas a matar!" Pero no pudo hacer nada excepto permanecer entre la multitud y mirar, mientras Eben rechazaba rendirse y estiraba en vano intentando levantar el yunque más de tres pies del suelo.

Un espasmo de dolor se reflejó de repente en la cara del viejo. Jadeó y soltó el yunque. Se tambaleó por un momento, sólo por un momento. Al instante siguiente se enderezó y sonrió galantemente pero con dolor a la multitud.

Muchos se reían pues Eben había fracasado y de nuevo aparecía ante ellos con una figura lastimosa. Había algo por lo que reír y la multitud quería divertirse. De nuevo se oyeron mofas, silbidos y comentarios burlones.

Mientras Eben se sentaba en el banquillo de los concursantes, "El Toro" hacía pantomimas simulando que le tenía miedo. Esto es lo que quería la multitud y animaron al "Toro" para que continuara. Y esto es lo que hizo para gran placer suyo.

Clark no pudo estarse quieto por más tiempo. Cegado por un ardiente e irrazonable enfado, se abrió paso entre la multitud dirigiéndose hacia la plataforma. Se puso enfrente del "Toro" con lágrimas de rabia cayendo de sus mejillas.

"¡Deja tranquilo a mi padre!", gritó, "¡Déjalo sólo, ¿me oyes?!"

"El Toro" le miró con un ligero y divertido asombro. Extendió su potente brazo y echó a Clark fuera de la plataforma.

"Vete de aquí, chico, o te..."

No pudo terminar lo que empezó a decir. En el momento en que su mano se extendía hacia Clark, el chico la paró y lanzó su puño contra la mejilla del "Toro" que se estremeció y cayó limpiamente en el suelo.

Sin apenas darse cuenta de lo que había hecho, con el enfado al rojo vivo reflejándose aún en su cara, Clark se giró hacia el yunque con los ojos brillantes. ¡Se reían de mi padre ¿eh?! ¡Ahora verán! Se agachó, cogió el yunque con ambas manos y lo levantó. Casi estaba fuera de la línea de equilibrio cuando lo alzó, pero lo mantuvo en el aire sobre la cabeza.

Ni un sonido, ni un respiro, se oía entre los asombrados espectadores. Clark permaneció de pie ahí, mirando las asombradas caras de una multitud silenciosa y boquiabierta. Entonces, lentamente, se dio cuenta de lo que había hecho. Levantó la mirada hacia el yunque, que se mantenía en el aire gracias a sus manos. Lo levantó un poco más para sentir su peso, pero no sentía ningún peso. El yunque era como una pluma.

Miró hacia el otro extremo de la plataforma. Tres de los cuatro concursantes, Eben entre ellos, le estaban mirando mudos de asombro. El cuarto, "El Toro", estaba tendido en el suelo todo lo largo que era. Se dio media vuelta mirando hacia donde estaban sentados los jueces. Tres pares de ojos sorprendidos le estaban mirando.

Bajó el yunque hasta el suelo.

¡Y entonces la multitud se desmandó!

Gritando y vitoreando, se lanzaron hacia la plataforma y se arremolinaron alrededor del chico. Le daban palmadas de aprobación en la espalda y con los dedos intentaban sentir los músculos de sus brazos.

Las preguntas llegaban por todas partes. ¿Cómo lo había conseguido? ¿Había practicado durante mucho tiempo? ¿Cuál era el secreto de esa asombrosa fuerza?

Un hombre de mediana edad, de pelo gris, se adelantó entre la multitud hacia donde estaba Clark. Era el hombre de las gafas sin montura, vestido con traje de ciudad, que había estado a su lado no hace mucho y que había llamado a Eben viejo loco. Le agarró de un brazo y dijo: "¡Joven, eres lo que estaba buscando! ¡Eres una noticia sensacional! Represento al Daily Planet y quiero la historia completa de cómo has desarrollado una fuerza tan asombrosa!".

Clark tragó saliva y parecía incapaz de decir una sola palabra.

"Anímate" dijo el reportero, "¡No tengas ahora falsa modestia! Cuéntame la historia entera!"

Clark intentó hablar pero no le venían las palabras.

"¡De acuerdo, de acuerdo, hazlo a tu manera!" dijo el hombre con voz áspera. "!Escribiré la historia a mi manera! Pero de cualquier forma, estoy en deuda contigo, muchacho. Me has dado lo que he estado buscando durante todo el día. Si alguna vez necesitas algo, búscame en el Daily Planet!"

Estrechó la mano del chico y se perdió entre la multitud.

"No sé su nombre", dijo Clark detrás de él.

"¿Eh?" Se paró, mirando al chico de reojo. "¡Oh sí, no podrías encontrarme sin saber mi nombre ¿verdad? Bien, hijo, si alguna vez vienes al Daily Planet pregunta por Perry White. Eso es todo. Simplemente Perry White".

Un momento después había desaparecido entre la multitud.

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